Interpretación de la esencia de la lírica a la luz de la perspectiva trinitaria

miércoles, 30 de noviembre de 2022

 @jhcastelano

Podría parecer una verdadera herejía equiparar el mayor de los misterios de la fe cristiana con una simple visión de un género literario, si no fuera porque, en su intento por hacer asequible este Misterio, sendos pensadores han recurrido a la analogía para explicarlo, por un lado; y porque ciertos conceptos de talante universal también pueden ser susceptibles de dicha manera de concebirlos. Así, por ejemplo, ya desde la síntesis platónica podríamos clasificar las ideas fundantes de la Belleza, el Bien y la Verdad como espejos de la visión trinitaria. En ese sentido, aspirar al sumo Bien es tender al Padre, reconocer el quid de las cosas, es esperar en el Hijo la Verdad y, por último, dejar al Espíritu Santo actuar en la Vida y en el mundo, es propiciar la contemplación y el ejercicio de la Belleza.

Si hasta este punto ya pudimos juzgar herejía de parte de quien esto escribe, no sorprendería menos que eso mismo se pensara si consideramos la existencia de los tres principales géneros literarios con un mismo lente de interpretación. Cosa extraña es esta: al género dramático podríamos concebirlo como la puesta en escena del vasto teatro, del Universo, de la obra por antonomasia que es la Creación, cualquier obra pensada para interpretarse en escena emula con su creación a la Creación, o al menos eso podría aspirar y reconocer como fin último. Tendríamos un arte dramático mucho más sublime y contundente. Por su parte, si el discurso narrativo, descriptivo, científico y formal se impregna de la sed de la Verdad, no faltaría el reconocimiento de la Palabra que fue dada en la eternidad, del Logos, del Verbo que se encarna y al emitir palabras, ideas, razones y pensamientos, bien puede aspirarse a que el género narrativo tienda a esa Verdad. Tendríamos la certeza de aspirar con el diálogo y la efectividad de la palabra un reflejo del que es la Palabra divina.


El caso de la lírica no es menos sorprendente según esta analogía: toda expresión poética aspira a la suma Belleza, al deleite y al disfrute de los deseos, de la voluntad y del despliegue de lo más íntimo y sublime, de lo más alto y profundo, tanto en la forma como en el fondo, tanto en la intención como en el objeto y finalidad; por tanto, viene a ser un reflejo o aspiración de la operación de lo más santo, de lo más sagrado; por ello, por la acción, por la potencia, por el caudal incesante de vida es que se puede equiparar a lo que vivifica, al Vivificador, a lo que influye y presta con su aliento la vida misma y se manifiesta en el palpitar y la certeza de que esa vida misma es también espejo de la Belleza. El poeta aspira a emular dicha belleza, a sentir, a experimentar y compartir con generosidad el fruto del Espíritu.

Las odas, los himnos, los cánticos, las canciones, todas eran creaciones para exaltar y adorar las deidades. Al mismo tiempo para sentirse inspirados por ellas. Las musas eran diosas que tocaban el alma de las personas. Los cantos eran ofrendas. Los himnos siguen siendo expresión de los corazones sedientos de Dios. Una pretendida lírica secular no es más que una triste migaja de esta aspiración de lo divino.

En el fondo todo deseo es deseo de Dios, como nos ilustra Simone Weil: «El hombre no tiene que buscar, ni siquiera tiene que creer en Dios. Debe solamente negar su amor a todo cuanto es distinto de Dios. Esta negativa no supone ninguna creencia. Basta constatar lo que es una evidencia para el espíritu: que todos los bienes de este mundo, pasados, presentes futuros, reales o imaginarios, son finitos y limitados, radicalmente incapaces de satisfacer el deseo de bien infinito y perfecto que arde perpetuamente en nosotros». Por eso el reconocimiento de ese deseo o el de cualquier deseo que nos eleve y nos traiga la certeza de lo más sagrado, no puede más que producir la belleza con la expresión. Eso es la lírica.

Sobre el uso de la analogía trinitaria en la práctica suele hacerse sin pensar: para conceptualizar algo se le divide en lo que es, en el por qué es así y el para qué es así. Es la apertura, el adagio y el cierre, en las obras musicales; es la introducción, el desarrollo y la conclusión en la manifestación de las ideas. Siempre se usa así el esquema; pero nunca se le relaciona ni se le atribuye al espejo de la Trinidad. San Agustín no tienen ningún empacho en hacerlo y reconocerlo: «¿Quién será capaz de comprender la Trinidad omnipotente? ¿Y quién no habla de ella, si trata de ella? Rara es la persona que, cuando habla de ella, sabe lo que dice. Y se discute, se polemiza, pero nadie beligerante puede contemplar esta visión. Quisiera yo que los hombres reflexionaran sobre tres cosas que tienen en su interior. Estas tres realidades son muy distintas de aquella Trinidad. Pero las digo para que se ejerciten en sí mismos y prueben y sientan cuán diferentes son. Y las tres cosas que digo son: ser, conocer, querer. Porque yo soy, el que conoce y quiere; yo conozco que soy y quiero; yo quiero ser y conocer». A la lírica le correspondería el querer, el deseo, la voluntad y la belleza de la expresión, porque si algo se desea es porque se considera bello.

Y sobre la necesidad del deleite, no hay más que el que viene de Dios, incluso por los sentidos, ya no digamos el inefable gozo espiritual. Para ello es San Buenaventura quien lo explica, mística y magistralmente: «A esta aprehensión, si lo es de alguna cosa conveniente, sigue la delectación. Deléitase, en efecto, el sentido en el objeto, percibido mediante su semejanza abstracta, o por razón de hermosura, como en la vista, o por razón de suavidad, como en el olfato y oído, o por razón de salubridad, como en el gusto y tacto. Y aun si la delectación existe, existe a causa de la proporción». Nos lo descubre para los sentidos, el hecho del deleite, de la experiencia del gozo a través de ellos. Y sigue con otros más: «Mas porque la especie tiene razón de forma, virtud y operación, según haga referencia al principio de que emana, al medio porque pasa y al término en que obra, de aquí es la proporción o se considera en la semejanza, en cuanto tiene razón de especie o forma y así se dice hermosura, no siendo la hermosura otra cosa que una “igualdad armoniosa”, o también “cierta disposición de partes con suavidad de color”; o se considera en cuanto tiene razón de potencia o virtud, y así se dice suavidad, pues entonces la potencia activa no excede improporcionalmente la potencia receptiva, sufriendo el sentido en lo extremado y deleitándose en lo moderado; o se considera en cuanto tiene razón de eficacia y de impresión, la cual entonces es proporcional cuando el agente, al causar la impresión, colma la indigencia del paciente, y esto es sanarlo y nutrirlo, como aparece principalmente en el gusto y tacto. Y así por la delectación entran en el alma los objetos exteriores que deleitan, mediante sus semejanzas, según los tres modos de delectación».

La lírica sana y nutre la sed del indigente; causa impresión, propicia la sensación de la moderación, de la suavidad y de la proporción en el alma por parte del agente. El poeta que acude con presteza y no sólo por manifestar con su «libre espíritu» la belleza de las palabras, cumple el cometido de la reciprocidad en el arte y no sólo la egolatría posmoderna de la individualidad y hasta de la incomprensión de los impulsos propios. Un poeta comprometido con las palabras bellas sabe del poder sanador y nutriente de la savia de la Vida y de la acción del Espíritu que es sagrado, de lo máximo, de lo eterno, de lo vasto y último. Por eso, como insinuaba don Miguel de Unamuno, no se escribe para pasar el rato, sino la eternidad. La poesía se da, es generosa por antonomasia. Busca la excelsa caridad, la donación, el amor. Eso es la lírica.


Julián Hernández Castelano
30 de noviembre de 2022


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