Sobre la capacidad de síntesis en la expresión escrita

martes, 29 de noviembre de 2022

@jhcastelano 

Es difícil aventurarse por la lectura de ensayos, artículos o simples noticias cuando hay sobreabundancia de todo ello en estos tiempos do cunden los medios digitales y el poderío del Internet como ágora ultramoderna. Difícilmente puede uno abarcar la lectura de tanto material. No rinde el tiempo para tanto. Mas no sólo es la saturación del big data, ya no nada más para las empresas, sino para todo usuario digital; sino también la impericia de quienes todo lo escriben sin el mínimo sentido estético. Degeneran o caen en lo aburrido, cuando no en la ambigüedad periodistas y opinócratas al por mayor. De la lógica, ni hablar; menos del aporte epistemológico. Priva y manda la presencia de escritores más bien ideologizados, que no pensadores pretendidamente filosóficos. Ya ni la poesía tiene un lugar de privilegio, desde la abolición de la métrica y el ritmo en aras de esa «libertad de expresión» en el verso.

Así, pues, uno puede conformarse con leer las editoriales para saber lo que no se debe pensar, si se privilegia desde los medios la ideología de moda o si de plano la frivolidad es el sino o talante de tantas agencias, blogs y periódicos digitales.








Pocos son, empero, los periodistas, escritores o pensadores de nuestros días que logran una cierta elasticidad y versatilidad con sus opiniones, sin caer en reduccionismos, sesgos o falacias. Escritores cuya claridad y capacidad de síntesis nos llenan de admiración. Uno de ellos es, por ejemplo, Gabriel Zaid, quien en pocas palabras ilustra un concepto, una unidad temática o un proceso. Recién acaba de emprender una crítica a la marcha convocada por el presidente; pero no sin antes darnos cátedra del surgimiento de las manifestaciones populares en la democracia, desde los griegos hasta nuestros días.

Se descubre, entonces, la necesidad de que escritores, opinócratas y aficionados de las ideas escritas apuren unas habilidades muy prácticas. Tal vez la más importante ésta de poder lograr la capacidad de síntesis.

Decía Ortega y Gasset en su texto emanado de una conferencia acerca de La misión de la Universidad que: «si no se fomenta ese género de labor intelectual, dedicada no tanto a aumentar la ciencia en el sentido habitual de la investigación cuanto a simplificarla y producir en ella síntesis quintaesenciadas, sin pérdida de sustancia y calidad, el porvenir de la ciencia misma sería desastroso», es decir, si no se logra en el conocimiento universal una capacidad sintética, no se garantiza un orden en la propia ciencia. Y quizá por ello subsiste la impresión de la saturación o la Babel: cada quien trae su propio lenguaje y se comunica con los pocos a su alrededor. Ya no se puede hablar urbi et orbi porque nadie se detiene a nada. Todo se expresa al paso y con prisa y nada se digiere para ser sujeto u objeto de discusión provechosa.

Al final, como nos lo recuerda Rémi Brague, uno de los métodos de la apropiación cultural es la digestión de las ideas: «denomino digestión al proceso de apropiación en el que el objeto se interioriza tan profundamente que pierde su independencia. En ese caso, la apropiación suprime toda diferencia entre el sujeto que se apropia y el objeto apropiado». Un buen ejemplo de ello, según este autor, sería la labor emprendida por los filósofos árabes medievales cuando se apropiaron de las ideas aristotélicas y las presentaron al modo de los comentarios. No juzga ideal el método el autor; pero nos sirve para asentar que, en el caso de los opinócratas de actualidad, ya ni siquiera pueden dar cuenta de una buena digestión de las ideas.

Es José Vasconcelos quien nos hace distinguir entre los monistas y los muy posmodernos “presentistas”, si podemos denominarlos así: «entre los seres humanos —dice— pueden distinguirse dos variedades psíquicas notoriamente diversas: unos nacen con inclinación irresistible a la síntesis: son monistas instintivos; otros andan por el mundo “buscándose a sí mismos”. Pocos seguros de sí, tampoco juzgan el detalle con firmeza; en presencia de lo particular, no lo refieren a la unidad interior sino que se abandonan a él, maravillándose con infantil regocijo. En la filosofía son pluralistas; en poesía culteranos, y en la literatura ensayistas. Para esas naturalezas lo particular ofrece un encanto irresistible; su ser disperso obedece a la atracción de múltiples focos y no atina con el valor adecuado; no experimentan, como los monistas, la certidumbre de construir centros de vida alrededor de los cuales viene lo menudo y particular a someterse».

Sabida es la actual preponderancia del escrito sencillo, breve, compacto, al paso. No pocos tuiteros, por ejemplo, lo entienden así: se dice aquello de impacto rápido, en pocos caracteres; o se escribe para no molestar el tiempo de los demás. Por eso se exige la candidez de lo inmediato. El problema es que no todo escritor logra el cometido de ser breve y profundo a la vez. Se suele caer en la intrascendencia y la frivolidad. Y así se disipa pronto en el olvido aquello que se manifestó, ya no digamos por la poca autoexigencia del lector, cada vez más escaso, tal vez en peligro de extinción. Por eso los escritores como el ya citado Gabriel Zaid tienen un mérito mayúsculo por su capacidad de síntesis.

Tanto Ortega y Gasset, como José Vasconcelos parecen juzgar que el ejercicio intelectual y la expresión escrita no puede quedar en menor aspiración que la capacidad de síntesis y dejar de lado la banalidad en el decir. Aspirar a entender poco y decir menos, resulta mediocre.

«Afirman los ensayistas —dice Vasconcelos— que el suelto fluir de sus páginas realiza el puro ritmo de la libertad de espíritu; califican al viejo tratado de dictadura destronada y arcaica, y se rebelan contra toda imposición retórica. Pero tal vez está el ensayo, como todo protestantismo, por democrático y desenfrenadamente personal, viciado de mediocridad, y es indudable que muchos ensayistas, renunciando a la corona imperial de los autores de tratados, han aceptado las menudas cintas de una “legión de honor” de los espíritus».

Ojalá en el ejercicio periodístico, «intelectual» o académico, no se aspire a menos que a la capacidad de síntesis, al dominio de los temas, a la erudición y entonces sí, una ágil expresión con las palabras selectas, dé cuenta de un bagaje suficiente para convencer, al estilo del discurso elocuente, con una buena dosis de lógica, búsqueda y acrecentamiento del saber en la discusión y hasta la belleza en el decir.

Julián Hernández Castelano
29 de noviembre de 2022

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